jueves, 21 de mayo de 2015

Un regalo inesperado

El regalo inesperado:

Aquel día Nicolás volvía de la escuela como todos los días, algo cansado pero eufórico ya que el viaje de vuelta a casa siempre era apasionante por que se encontraba con sus compañeros de ruta donde intercambiaban los hechos del día, ya sea juegos, peleas y demás aventuras que suelen ocurrir en un día normal de clases de un colegio primario, en esa etapa de la vida donde el mundo está dominado por la aventura constante de todos los días conocer algo nuevo, donde llegar al recreo de diez minutos es el momento de la jornada más esperada.

Bajó del transporte entre risas y saludos para entrar a su casa como de costumbre su madre lo esperaba con el almuerzo, algo sencillo pero con ese con ese condimento extra que es el amor que toda madre agrega en las cosas que hace para un hijo.
Para sorpresa de Nicolás ese día también estaba su padre, algo que no era habitual ya que no su padre siempre salía muy temprano y volvía cuando el sol caía después de largas y agotadoras jornadas de trabajo, pero esto no era motivo para que llegue de mal humor o mucho menos, siempre estaba con esa mirada franca sentado en la mesa donde comentaban los tres sus vivencias del día.
Pero ese mediodía tenía otra sorpresa para Nicolás, de esos momentos que quedan grabados en la memoria y en la retina de un niño y las lleva en el alma hasta el final de sus días, después de degustar el manjar que su madre le había preparo el padre le llevo hasta el patio donde le mostró unos postes que había traído y los estaba preparando para hacerle sus primeros arcos ya que en el patio de su casa todos los días por la tarde post-tareas se abría las puertas del estadio donde se jugaban clásicos de futbol, donde en la imaginación de Nicolás y sus amigos jugaban los mejores jugadores de aquellos tiempos, ahí atajaba Pumpido, el loco Gatti, por las laterales corría Burruchaga como la corrida de la final de México 86 y por supuesto que estaban las maravillas del Diego mezclados con la chilena de Franchescoli  y la polenta de Funes, entre tantos hablando de los ídolos locales, hasta ese día el estadio tenía unos modestos arcos hechos con tacuaras que cuando el envío del delantero era potente y pegaba en el travesaño en varias ocasiones producía que este vuele por los aires, claro un condimento que disparaba risas y cargadas de todo tipo y posterior planificación y ejecución de una obra de ingeniería para poder poner el arco en condiciones nuevamente así poder seguir con el picadito.
Los ojos de Nicolás miraba a su padre como trabajaba con los postes para convertir los seis postes en arcos espectaculares, cada corte, pintada y agujero que hacía su padre Nicolás miraba estupefacto y por supuesto afirmaba la idea que tenía un super papá, ese título que se ganan los padres en una etapa de la vida de todo niño donde dejan de ser papá y mamá para pasar a tener poderes sobre naturales como poder arreglar cualquier cosa, tener una fuerza descomunal para abrir esa mermelada que solo un gigante puede abrir, dar ese abrazo que es sanador de cualquier dolencia, no existe la angustia que un beso de mamá no pueda superar y cuando llegan los monstruos nocturnos y se adueñan de nuestros sueños, solo nos basta con hacer el super llamado y super mamá esta para espantarlos y si son muy grandes y tremendos ahí si llamamos al que todos los monstruos temen a super papá.
Después de varios minutos los postes ya estaban pintados en la base con brea para que la humedad de la tierra no los afecte y ya tenían los agujeros para luego ponerles tornillos que fijarían el travesaño para que ningún delantero prodigioso pueda romper el travesaño nuevamente, ya faltaba muy poco ahora pala en mano se dirigieron al estadio a cavar los pozos donde se iban a colocar los nuevos arcos, por supuesto para la fuerza descomunal de papá esto es un pavada hacer pensaba el niño y si al cabo de pocos minutos ya estaban hechos los posos, la ansiedad ya dominaba el cuerpo de Nicolás ya quería ver como quedaba el estadio con los arcos nuevos, no podía aguantar que llegue la hora del partido para estrenar los arcos, pero como si fuera poco, la vida le tenía planeada una sorpresa más al niño.
 
Los arcos ya estaban puestos, el estadio estaba completo este era un verdadero arco, cuando el padre le dijo al niño – “Andá a traer la pelota vamos a probar”… a Nicolás le explotaba el corazón su padre no era muy amante del fútbol y por supuesto no lo practicaba, pero ese día sorprendió con el pedido y tiró varios tiros al arco defendido por Nicolás, hoy el niño ya es un hombre pero sin lugar a duda de esa siesta nunca más se va a olvidar, por eso aquel día cuando el niño salió rumbo a la escuela nunca se había imaginado del regalo inesperado que la vida le tenía preparado.

“La vida nos tiene preparada una sorpresa a la vuelta de la esquina, solo tenemos que saber porque esquina pasar”